Que le brindan al hombre y a la sociedad

Las Máquinas.
Pues bien, en este proceso de perfeccionamiento y esfuerzo, un día el hombre tuvo una idea nueva, o tal vez una intuición. Buscó el medio de transferir a un artificio mecánico su habilidad, su pericia de artesano o de técnico. Los primeros ensayos fueron de extrema simplicidad; pero lograron que quien utilizara este "mechane", este artefacto, esta máquina, aumentara con ella su maestría en el trabajo. Lo que antes tenía que ser realizado por un trabajador con experiencia, con destreza, con conocimientos y técnicas, podría ser hecho ahora por cualquiera a quien se le enseñara el simple manejo del nuevo aparato. Aquí, en este momento, apareció la simiente de la gran revolución industrial; aquí, en este instante crucial, nacieron los problemas y las luchas entre el capital y el trabajo; entre quienes poseyeron las máquinas y su capacidad de operación y el hombre desguarnecido de la pericia, de la maña del artesano, convertido en un número. De aquí nació la unión de los trabajadores en resistencia para hacer frente a quienes tenían el capital: los medios mecánicos y materiales del trabajo.
Este aspecto sociológico y económico del problema queda fuera del marco de este trabajo. Sólo me corresponde concretar: la máquina es una perfección mecánica, la mayor de las veces un sistema al cual los hombres le han transferido parte de lo que saben, le han dado habilidad, maestría; le han enseñado a hacer determinada operación o trabajo, ya sea por sí misma o con la colaboración de otros hombres que serían incapaces sin ella de realizarla; además, la máquina generalmente emplea un tipo de energía ajena a quien la maneja.
El ya mencionado Latil, después de revisar múltiples definiciones, llega a la siguiente, que parece bastante comprensiva, aunque, a mi parecer, no incluye con claridad el concepto de la habilidad transferida que estimo fundamental. Una máquina, dice, "es un sistema fabricado por el hombre para desarrollar una determinada acción cuando se le proporciona la energía necesaria".
Analicemos la definición palabra por palabra. Se comienza por decir que es un "sistema" porque es complejo y porque corrientemente constituye una suerte de organismo; contrariamente a la herramienta que siempre es relativamente simple.
Se agrega que está hecha para "desarrollar una acción". Es indudable que no podría considerarse máquina a algo incapaz de actuar, a algo pasivo como las herramientas. La máquina se construye con el propósito de que realice una acción perfectamente determinada y, podría agregar, una acción que muchas veces el hombre es incapaz de llevar a cabo por sí mismo.
Termina la definición refiriéndose a la necesidad de "proporcionarle energía a la máquina". Al respecto, cabe aclarar que existen algunas que emplean sólo la energía humana pero que pueden, y en la mayor parte de las veces lo hacen, utilizar energía no humana. En todo caso, y esto es importante anotarlo, la energía se le debe entregar a la máquina en forma adecuada, es decir, ya transformada y lista para que pueda utilizarla; lo cual requiere generalmente la intervención de otro tipo de máquinas, capaces de transformar la energía calórica, potencial o del tipo que se encuentre disponible en la naturaleza, en energía motriz. Pero la máquina no varía su misión ni su modo de comportarse porque varíe el tipo de energía o de motor que la accione.
De la última parte de la definición que he glosado resulta una característica de la máquina, cuya consideración nos irá llevando hacia el terreno que busco. La máquina utiliza, generalmente, dos grupos o tipos de energía: la energía de acción, que es la que efectúa el trabajo propiamente tal (rotación y avance en un torno) y la de comando o manejo (la de la mano del maestro o de algún dispositivo automático que guía la herramienta y los elementos de movimiento); en ciertos casos, ambas energías resultan difíciles de ser diferenciadas.
Las Máquinas Automáticas.
Sin embargo, para mi exposición, este asunto tiene trascendental importancia: a través de la energía de comando o de la propia y directa acción del hombre, la máquina recibe un "mensaje" y debe actuar en consecuencia. En muchas máquinas, en las llamadas de control manual, es el hombre quien, como resultado de la información o la orden que él ha recibido, hace accionar la máquina. Las máquinas automáticas, en cambio, reciben directamente la información del hombre o del medio, o como resultado del propio trabajo que están realizando. Ellas reaccionan por sí mismas frente a las contingencias de la operación que realizan y completan o corrigen el mensaje de orden mediante uno o varios dispositivos de control que señalan si la orden inicial ha sido cumplida y cómo lo ha sido.
La orden de trabajo, pues, se transmite a través de la energía de comando y es la máquina quien la pone en ejecución. "El automatismo", se ha dicho, "consiste en la distribución por la propia máquina de su energía de comando".
Pero, suponiendo que no conociéramos lo que significa energía de comando, podría aclararse la definición de esta manera: el automatismo consiste en un mecanismo que ordena por sí mismo la variación de la acción de una máquina en el tiempo y el espacio.
Planteado el problema sobre esta definición aparece una serie de grados de automatismo según sea la independencia del dispositivo que informa u ordena con respecto a las contingencias del medio. O, dicho de otro modo, según cómo los factores externos, susceptibles de variación, son enfrentados directamente por el propio mecanismo automático.
Para que el lector pueda acompañarme con más facilidad en este camino, creo útil recurrir a algunos ejemplos, empezando por los más sencillos: los aparatos de seguridad contra incendio, que representan un caso de automatismo interesante como primera etapa. Se trata de un dispositivo sujeto a contingencias imprevistas, pero que caben dentro de una programación general.
En los grandes edificios que quedaban desocupados en la noche se utilizaban, hace algunos años, "vigilantes nocheros" a quienes, para obligarles a revisar todos los puntos peligrosos, se les hacía marcar relojes de control colocados en los sitios de mayor peligro e importancia. Hoy día esta vigilancia ha sido reemplazada por un dispositivo automático de gran sencillez y efectividad. Antaño el nochero sabía que se había iniciado un incendio en el edificio que él debía controlar, a través de impactos externos que afectaban sus sentidos: las llamas o el humo que él veía; el calor que sentía sobre su epidermis o el olor de la combustión que llegaba a sus narices. Ahora bien, la influencia del calor sobre un aparato termostático no fue difícil utilizarla para conectar maquinarias o dispositivos que esparcían materiales anti inflamables, tales como agua o determinados productos químicos; pero fue necesario inventar un ojo electrónico, la célula fotoeléctrica, para que sucediera lo mismo con el humo y la luz de las llamas. Finalmente, ciertas reacciones químicas especiales sirvieron para que los gases de la combustión pusieran en marcha el dispositivo de seguridad. ¿En qué consiste, pues, finalmente, este aparato automático contra incendios? Sencillamente, en mecanismos que a través de la reacción de determinados elementos químicos, de una célula fotoeléctrica o de un termostato, actúan como "sentidos" que perciben una sombra, una luz, un determinado gas o una cierta elevación de temperatura, y accionan la energía de comando (una corriente eléctrica) que, a su vez, pone en marcha la energía motriz, encargada de provocar el funcionamiento final del aparato.
Los aparatos de seguridad contra robos están concebidos de una manera muy semejante.
Máquinas Inteligentes.
Pero en ese momento de apogeo de la creación mecánica fabril, en ese momento en el que las máquinas parecían tomar cada vez más libertad al ser manejadas a través de automatismos hábiles para enfrentar las contingencias del medio y de lo por venir, empezaron a levantarse, lentamente al principio, y con velocidad en perpetua aceleración después, las nuevas y para muchos inquietantes estructuras de los llamados mecanismos inteligentes. Aparecieron artificios capaces no sólo de agregar fuerza muscular, fuerza mecánica y material o eficacia a la labor del hombre, sino también capaces de ayudarlo en sus tareas intelectuales.
La época del "Homo Faber" había dado paso a la del "Homo Sapiens" con sus máquinas aparentemente inteligentes.
Porque la ejecución material de los inventos, el estudio y la producción de ellos y las investigaciones científicas y tecnológicas de todo orden que constituye el almácigo de las nuevas producciones, estaban exigiendo la resolución de innúmeros problemas y el desarrollo de cálculos y raciocinios matemáticos cada vez más complicados y nutridos. Y para ello, los sabios y técnicos disponían sólo de sus inteligencias que, aunque agudas y luminosas, eran lentas en sus acciones y tenían el grave defecto de cansarse.
Entonces, frente al desafío que los ambiciosos programas lanzaban, pensadores, investigadores y realizadores empezaron, poco a poco, casi sin apercibirse, a utilizar más a menudo dispositivos que habían sido creados para ayudar en las tareas intelectuales: la regla de cálculo, modestamente escondida en los bolsillos de los chalecos de los ingenieros, los ábacos, las sencillas máquinas de sumar utilizadas en los ejercicios de contabilidad. Luego, las que pudieron restar, multiplicar y hasta dividir. Un apasionante nuevo camino se abría a la inventiva del hombre.
Y en unas pocas décadas, afinando sus creaciones mecánicas, concibiendo artificios de cálculo, utilizando el poder de los circuitos electrónicos, se inició, a un ritmo asombrosamente acelerado, la configuración y realización mecánica de equipos cada vez más intrincados y capaces de ayudar, si no a pensar, por lo menos a resolver problemas cuyo tratamiento había sido reservado a las inteligencias privilegiadas de algunos sabios, especialmente matemáticos, ayudados hasta entonces sólo por modestos lápices y hojas de papel. Y las máquinas trabajaban, fielmente, sin temor a equivocaciones, a velocidades prodigiosas, y sin cansarse.
Al ser difundidas estas informaciones, quienes las escuchaban como cuentos más maravillosos que los de LAS MIL y UNA NOCHES, pensaron, con aparente base, que la inteligencia y hasta la sensibilidad humanas podían nacer en estas herméticas entelequias que realizaban prodigios que ellos no eran capaces de entender y ni siquiera de imaginar.
Se habló, por eso, con metafórica exageración, de cerebros electrónicos, de máquinas que piensan y memorizan, dando a estas denominaciones el significado que corresponde a las capacidades mentales del hombre.
La verdad fue que había empezado una era en que el hombre podía, con el uso de ingeniosas creaciones suyas, aumentar la eficacia de su cerebro, acelerar la resolución de sus problemas matemáticos y técnicos, memorizar millones de datos y antecedentes, y ordenarlos y aprovecharlos con la necesaria secuencia y en la debida oportunidad para el desarrollo de sus, cada día, más ambiciosas concepciones. Pero debo insistir una vez más: no es, a mi entender, la construcción de estas máquinas de calcular aparentemente inteligentes porque realizan mecánicamente operaciones o trabajos reservados hasta ayer al cerebro humano, lo preponderante. Lo fundamental, lo substancial es el uso en aparatos o instrumentos creados por el hombre, de sistemas o normas semejantes a los utilizados por los seres vivos y por los seres vivos inteligentes: el uso de procedimientos homeostáticos, de dispositivos de retroacción cada día más múltiples y variados. Es aquí donde brilla el momento estelar, donde enfrentamos la etapa crucial, el paso del automatismo a la automación; el genuino emparentamiento de las máquinas con los organismos vivos.
No es que pueda decirse, a mi entender, que las nuevas máquinas son inteligentes; pero, como lo anticipé, tampoco puede decirse, ya tan simplemente, que son estúpidas. El hecho de tener la capacidad de no seguir, como antes, repitiendo una acción o una operación que, por una alteración de las circunstancias o aun por un error de cálculo, no produciría ya el resultado que se tuvo en vista al ponerla en movimiento, tiene una trascendencia extraordinaria y señala la entrada de la tecnología en un terreno de insospechadas posibilidades, en un camino en que puede pensarse ya, con cierta razón, que logrará descubrir máquinas que tengan la vital condición de aprender y de adquirir experiencia. 

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